Intentio Cordis
San Benito

Escribe San Benito en el Capítulo 52 (“Del oratorio del monasterio”) de su Regla: Sed et si aliter vult sibi forte secretius orare, simpliciter intret et oret, non in clamosa voce, sed in lacrimis et intentione cordis (“Y, si en otro momento quiere orar secretamente, entre él solo y ore; no en voz alta, sino con lágrimas e intentio cordis”). Hemos dejado a propósito esta última expresión sin traducir, porque, si bien es común traducirla por “pureza de corazón”, y, si bien efectivamente esta traducción no es del todo mala, el hecho es que la expresión no tiene equivalente exacto en otras lenguas, dada sobre todo la dificultad de encontrar en este contexto una traducción perfecta para intentio. Veamos brevemente por qué.
Entre los muchos significados del término intentio, nos ceñimos aquí a los que más tienen que ver con el pasaje de la Regla de San Benito y el tema de este artículo:
1) acción de estirar, tensión;
2) aplicación, atención, dedicación, esfuerzo (intentio cogitationum, esfuerzo o tensión del espíritu; intentio operis, dedicación al trabajo; Séneca: si mihi accomodaveris subtilitatem et intentionem tuam, si tu espíritu penetrante me presta atención);
3) tendencia a un fin o designio (Plinio: Hæc intentio tua, ut…, Esos [tus esfuerzos] tienden a…);
4) intensidad, grado (Séneca: Summi dolori intentio, El grado sumo [o el paroxismo] del dolor);
(Los otros significados son siempre técnicos: o jurídico, o lógico [en Quintiliano significa “la premisa mayor del silogismo”], o médico.)
Ahora bien, a nuestro entender, en intentio cordis el término amalgama todos los significados precedentes, incluso el de pureza. En efecto, aclara Casiano:[1] “Cuando la mente está fundada en la tranquilidad y libre de las ataduras de todas las pasiones carnales y adhiere de forma tenacísima al Sumo Bien, ahí está la ‘intentio cordis’. Por medio de esta pureza, de cierto modo, es absorbido el sentido de la mente y reformado de su situación terrena a semejanza espiritual y angélica; lo que quiera que sea que reciba en sí, al ocuparse o al hacer algo estará realizando purísima y sincerísima oración. Así se cumple la palabra del Apóstol: ‘sine intermissione orate’, ‘orad sin cesar’ (I Tes., V, 17)”.
Ahora bien, nadie está más adherido al Sumo Bien que los bienaventurados (ángeles u hombres) al contemplar a Dios cara a cara. Al contrario de lo que decía Duns Scot, y como lo decía Santo Tomás de Aquino, la voluntad de aquel que ve la esencia de Dios ya no puede pecar ni siquiera venialmente: está sumergida en la perfecta beatitud o felicidad que es su Fin Último. Está como en su elemento: “lo respira”.
Entonces, en el estado de contemplación de Dios cara a cara, ya no es necesaria la Fe. Pero para nosotros, los que todavía peregrinamos en esta tierra de exilio, la Fe no solamente es necesaria para alcanzar la perfecta beatitud, sino que es la misma perfecta beatitud ya incoada, ya iniciada en la vida actual. Por ello, se puede decir que, cuanto mayor sea la Fe, más incoada estará en la vida actual la perfecta beatitud y, por tanto, más la mente y el corazón estarán fundados en grandísima tranquilidad, porque estarán más libres de las ataduras de todas las pasiones carnales y más tenazmente estarán adheridos al Sumo Bien. Luego, más capaces serán esa mente y ese corazón heridos por el pecado original, más efectivamente purificados y limpios por la Gracia, de prestarle a Dios la debida gloria.
Intentio cordis es, pues, tal pureza de una mente y un corazón aplicados, tendientes y adheridos en alto grado a Dios y grandísimamente libres de las impurezas de la soberbia, el amor propio y las pasiones carnales, porque “mi fruto es mejor que el oro más puro, y mis productos son mejores que la plata escogida” (Prov. VIII, 19). Y no es sino con esta intentio cordis que podemos cumplir el mandato del Apóstol de orar sin cesar, porque con esta intentio cordis oraremos purísimamente en lo que quiera que estemos haciendo: rezando en el oratorio benedictino, dando clase, arando en el campo, tallando la madera, lavando los platos, cantando o corrigiendo amorosamente a un hijo querido (“Si lo castigas con la vara, librarás a su alma del scheol”, Prov., XXIII, 14). Y orar así incesantemente, con intentio cordis, en cualquiera de nuestras actividades, forma parte propiamente de la santificación. Pero ¡qué distancia entre esta afirmación y la de que nos santificamos haciendo bien (casi) cualquier oficio del mundo o la de que agrada a Dios hacer naturalmente bien, por ejemplo, una obra de arte!
La primera, una variante muy difundida del humanismo y el liberalismo “católicos”,[2] incurre en fragante desvío de la sana doctrina. En efecto, si de santificación se trata, derivará de la Gracia y de las virtudes teologales infusas (Fe, Esperanza y Caridad), o no lo será. No se puede pensar en santificación sin el motor primero de lo sobrenatural porque la santificación es ya un producto sobrenatural y se ordena a lo Sobrenatural. Pretender que nos santificamos haciendo bien (casi) cualquier oficio del mundo es afirmar, eo ipso, que lo natural es capaz por sí mismo de lo sobrenatural. Es incurrir, propiamente, en una suerte de herejía pelagiana con olor a calvinismo. Desde luego, los modernos defensores de este modo de pensar perfectamente anticatólico no dicen que nos santifiquemos haciendo bien cualquier oficio del mundo, sino casi cualquier oficio, porque, si no fuera así, estaríamos obligados a reconocer, por ejemplo, que “el más antiguo oficio del mundo” es motor de santificación… No, su error no reside ahí. Reside precisamente en creer que administrar bien un banco, digitar bien lo que dicta el patrón o barrer bien la casa es por sí mismo capaz de santificar, independientemente de que se tenga o no la referida intentio cordis. Se trata de una especia de sobrenaturalización del hacer natural, tan amplia, que es capaz de incluir en la subida de la escalera de Jacó hasta a no católicos y pecadores mortales. Pero es obvio que se trata de una falsedad, porque lo que santifica es ser movido por la Gracia a tener una intentio cordis tal, que seamos capaces incluso de dejar de hacer los oficios del  mundo para servir a Dios, o renunciar incluso a los más lícitos placeres del mundo para vivir para Dios, o dar su propia vida para convertirse en mártir de Dios. “He aqui que el Ángel de Yahvé le llamó desde el cielo, diciendo: “¡Abrahán, Abrahán! Él respondió: ‘Heme aquí.’ Dijo entonces (el Ángel): ‘No extiendas tu mano contra el niño, ni le hagas nada; pues ahora conozco que eres temeroso de Dios, ya que no has rehusado darme tu hijo, tu único.’ Y alzó Abrahán los ojos y miró, y vio detrás de sí un carnero, enredado por los cuernos en un zarzal. Fue Abrahán y tomó el carneiro, y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo. Y dio Abrahán a aquel lugar el nombre de ‘Yahvé ve’” (Gén., XXII, 11-14). No, Abrahán no se santificó por pastorear bien sus rebaños, sino por ofrecer al Señor no solo su pastoreo, sino toda su vida, a tal punto que por amor y obediencia a Él fue capaz de sacrificar a su propio hijo amado. Y fue Santo entre los Santos el Descendiente de Abrahán, de Isaac, de Jacob y de Judá no por haber sido carpintero, sino por haber muerto de muerte en la Cruz como víctima propiciatoria y satisfactoria de la gloria ofendida del Padre, y en obediencia absoluta y perfecta a Él. Esto es tener intentio cordis. Obviamente, también es tener intentio cordis ofrecer nuestro trabajo a Dios, lo que implica intentar hacerlo bien; pero, también obviamente, no dejaremos de tener intentio cordis si, por más que ofrezcamos a Dios hasta el más agotador de los trabajos e intentemos hacerlo bien, no podemos por cualquier razón accidental hacerlo bien. Parafraseando a Chesterton, el infierno solamente no está lleno de “malhacedores”. Además –y esto es tan fundamental que merece un tratamiento aparte–, ni todos los oficios que el mundo considera honestos lo son a los ojos de Dios.  ¿Será bueno a los ojos de Dios administrar bien un banco si, mediante tal gestión, muchos pierden sus casas y bienes en razón de hipotecas impagables? ¿Será bueno a los ojos de Dios ser contador de una fábrica de cualquier cosa indecorosa?  ¿Será bueno a los ojos de Dios que un médico practique un aborto legal? Nótese que no se habla aquí de algo imposible; desde luego, los católicos que viven en el mundo de hoy, tan universalmente apóstata y tan universalmente abyecto, solo muy raramente están en condiciones perfectas de escapar a sus tentáculos. ¿Cómo tener, entonces, en este mundo la referida y requerida intentio cordis? Ante todo, intentando hasta el último de nuestros días librarnos, de la mejor manera posible, de tales tentáculos, teniendo siempre en la mente y en el corazón que debemos vigilar sin interrupción, porque nuestros enemigos –el mundo, el demonio y la carne− andan a nuestro alrededor, como un león rugiente, procurando a quien devorar (cfr. I Ped., V, 8). Después, mientras o si no conseguimos librarnos totalmente de ellos, pidiendo permanente perdón a Dios por lo que estamos obligados a hacer, como aquel violinista católico que, en la Alemania del siglo XIX, tocaba en la orquesta de espaldas al público a fin de que no lo tomara la vanidad tan propia de los artistas de aquellos tiempos románticos, demasiado románticos… Pero, finalmente, como en el caso del médico con respecto a un aborto legal y como en tantos y tantos otros casos, renunciando si es necesario, en nombre de Dios, a nuestro propio sustento y oficio, y entregándonos totalmente en Sus manos: o sea, sujetándonos al suave jugo de Cristo con la seguridad de que son bienaventurados los que sufren persecución por amor a la justicia –justicia de Dios−, porque de ellos es el reino de los cielos (cfr. Mat., V, 10).
Además, como dice Casiano y presuponía San Benito en su Regla, la intentio cordis implica la aceptación amorosa “de lo que quiere que se reciba en sí”; implica el amor a la cruz. ¿No dijo Cristo que, “si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mat., XVI, 24), y que “Yo soy el camino, la verdad y la vida, y ninguno va al Padre sino por Mí” (Juan, XIV, 6)?
Hay sin embargo algo más, y que olvidan tanto los defensores de la tesis de la santificación por el bien hacer los oficios del mundo como los defensores del ser del agrado de Dios el bien hacer naturalmente, por ejemplo, una obra de arte:[3] por la intentio cordis, “es absorbido el sentido de la mente y reformado de su situación terrena a semejanza espiritual y angélica” (Casiano, ibid.); o sea, el sentido de la mente de quien tiene la intentio cordis está ordenado al Fin Último, a Dios, a semejanza de los ángeles glorificados y los hombres bienaventurados, estos hoy como almas separadas del cuerpo y mañana como unidades restauradas de alma y cuerpo gloriosos. La intentio cordis presupone una reforma del  hombre antiguo, un renacer en Cristo, conforme al cual todos los fines terrenos se ordenen, como medios, al Fin Último. Presupone, por tanto, que lo humano natural se subordine y ordene a lo sobrenatural de la Gracia, que debemos, como decía San Pablo, poseer las cosas de este mundo como si no las poseyéramos, disfrutarlas como si no las disfrutáramos, y, como podemos en consecuencia concluir, hacerlas siempre absolutamente en orden al Fin Último. Lo efectivamente subordinado debe ordenarse esencialmente a lo subordinante. ¿Le agrada a Dios que se cocine bien un plato demasiado refinado? Para saberlo, basta leer las especies de gula que enumera San Gregorio Magno en el libro XXX, C. 18, n. 60, de sus Morales: “præpopere laute nimis ardenter studiose”, o sea, “fuera de hora, con ostentación, con exceso, con voracidad, con excesivo esmero”.[4] ¿Le agrada a Dios el que se esculpa una estatua de un perfecto desnudo sensual? ¿Le agrada a Dios el que se componga una compleja y musicalmente perfecta sinfonía que exacerbe las pasiones del oyente? ¿Le agrada a Dios el que se describa perfectamente en una pieza teatral cuán bajo puede descender el hombre en vileza sin mostrarlo como condenable y sin presentar el contrapunto de la Penitencia y la Esperanza cristianas? ¿Le agrada a Deus el que se filme y exhiba un beso ardiente o adúltero? ¿Le agrada a Dios el que se escriban los más perfectos versos en honor de Satanás? ¿Cómo podrían agradarle si dicha estatua, dicha sinfonía, dicha pieza teatral, dicha película y dichos versos, por artísticamente perfectos que sean, son por sí mismos pecaminosos y tienden a llevar al prójimo a pecar de algún modo?
Como dice Santo Tomás en la Suma Teológica (I, q. 1, a. 6, corpus), “entre las ciencias prácticas, la más excelente es la que está ordenada a un fin más alto, como ocurre con la política [o arte civil] respecto al arte militar: pues el bien del ejército está ordenado al bien de la ciudad [y así como ocurre con la política respecto al arte musical, como lo demuestran Platón en la República y el Filósofo en la Política]. Ahora bien, el fin de esta doctrina [la teología], en cuanto práctica, es la bienaventuranza eterna, a la cual se ordenan todos los otros fines de las ciencias prácticas [o sea, de la política, el arte militar, el arte musical, el arte arquitectónico, etc.]. Por tanto, claro está que por cualquier ángulo la ciencia sagrada es la más excelente”. Se pregunta: el fin de la ciencia musical de un Wagner, el fin de la ciencia teatral de un Nelson Rodrigues, el fin de la ciencia arquitectónica de un Niemayer se ordenan a la bienaventuranza eterna, o más bien “desordenan” respecto a ella? Pero, entonces, ¿cualquier obra de arte que no sea estrictamente católica no tiene ninguna importancia y es nefasta para la vida del católico? No, porque, por ejemplo, algunas formas de arte greco-romanas eran, digamos, “bautizables”, pues Dios mismo, mediante su Providencia, había preparado a la cultura greco-romana como carne apta para recibir el espíritu del cristianismo; o también porque algunas obras de arte, como muchos cuadros de Rembrandt, son como continuidades culturales o los últimos suspiros católicos en ambientes ya no católicos. Pero sin duda alguna el mejor arte es el resultante de los que tienen no solamente un gran talento, sino una verdadera intentio cordis, o de los que, también dotados de gran talento, al menos siguen los cánones de aquellos: el arte de San Gregorio Magno, el de Palestrina, el de Anton Bruckner, una grandísima parte del de Arvo Pärt, una parte del de Bach; el arte de Michelino da Besozzo, el de Gentile da Fabriano, el de Fra Angelico, el de Francisco de Zurbarán, el de Augusto Ferrer-Dalmau; el arte de Lorenzo Ghiberti, el de Aleijadinho, una parte del de Miguel Ángelo; el arte de los anónimos arquitectos góticos, el de João de Castilho, el de Fernando de Casas Novoa; el arte de Gil Vicente, el de Chesterton, una parte considerable del de Lope de Vega; una parte del arte de Robert Bresson, una parte del de Andrei Tarkovski; etc.
Sí, porque respecto a todo en la vida ordenada a Dios con intentio cordis vale lo que dice  Santiago (I, 22): “Haceos ejecutores de la palabra, y no oidores solamente”. Y tener intentio cordis, hacerlo todo con intentio cordis, es adquirir como Hieroteo la sabiduría divina no solo estudiándola, sino padeciéndola incluso en el menor acto de la vida.[5]

Iglesia de la Orden Tercera de San Francisco de la Penitencia,
Río de Janeiro, Brasil

[1] En Coll. 9, 6, apud A Regra de São Bento, trad. y notas D. Juan Evangelista Enout, O.S.B., 3a. ed., Río de Janeiro, Ediciones Lumen Christi, 2008, pp. 185.
[2] No se puede entender la existencia de un liberalismo o de un humanismo “católicos”, como dice el Padre Álvaro Calderón en La religión del hombre, al modo degenerativo de un cáncer.
[3] Los que creen ser del agrado de Dios el mero bien hacer naturalmente, por ejemplo, una obra de arte, no necesariamente son liberales; pero con esta tesis caminan peligrosamente al borde del precipicio del humanismo.
[4] PL 76, 556-557, apud Santo Tomás de Aquino, De Malo, q. 14, a. 3.
[5] Cfr. Pseudo-Dionísio, De Divinis Nominibus, apud Santo Tomás, Suma Teológica, I, q. 1, a. 6, ad 3: “Hierotheus doctus est non solum discens, sed et patiens divina”.

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