“Deber y obligación del arte sagrado, en virtud de su mismo nombre, es el de contribuir en la mejor manera posible al decoro de la casa de Dios y promover la fe y la piedad de los que se reúnen en el templo para asistir a los divinos oficios e implorar los dones celestiales. Por lo cual la Iglesia lo ha cultivado siempre con continua solicitud, atención y vigilancia, a fin de que se ajuste perfectamente a sus leyes, las cuales emanan de la doctrina revelada y de la sana ascética, y así pueda con todo derecho apropiarse el título de “sagrado”. 
A el, pues, se aplican también las palabras del beato Sumo Pontífice Pio X al prescribir sabias normas sobre la música sagrada: “Nada, pues, debe ocurrir en el templo que perturbe o aun solamente disminuya la piedad y la devoción de los fieles; nada que dé motivo razonable de disgusto o de escándalo; nada, especialmente, que… sea indigno de la casa de oración y de la majestad de Dios.” 
Por eso, en los primeros siglos de la Iglesia, el segundo Concilio de Nicea, al condenar la herejía de los iconoclastas, confirmó el culto de las sagradas imágenes y conminó gravísimas penas a los que osen “impíamente inventar algo que vaya contra una constitución eclesiástica”. 
Y el Concilio tridentino, en la sesión XXV, promulga leyes prudentísimas sobre la iconografía cristiana, y en una severa exhortación a los Obispos termina con estas palabras: “Finalmente, pongan en esto los Obispos tanta diligencia y cuidado, que no se vea nada desordenado o mal y confusamente dispuesto, nada profano, nada impropio, pues que a la casa de Dios conviene la santidad.” 

URBANO VIII dictó normas particulares sobre el modo de llevar fielmente a la práctica las prescripciones del Concilio tridentino en torno a las imágenes sagradas, afirmando “… que lo que se expone a la vista de los fieles no debe aparecer desordenado ni insólito, sino que debe fomentar la devoción y la piedad…” Finalmente, el Código de Derecho Canónico resume en algunos puntos principales toda la legislación de la Iglesia sobre el arte sagrado (cáns. 485, 1.161, 1.162, 1,164, 1.178, 1.261, 1.268, 1.269, § 1; 1.279, 1.280, 1.385 y 1.399).
Digno de especial mención es lo que se prescribe en el canon 1.261, según el cual los Ordinarios de lugar deben velar, “sobre todo, a fin de que en el culto divino… no se admita nada que sea extraño a la fe o esté en desacuerdo con la tradición eclesiástica”, y en el canon 1.399, § I2 según el cual “están prohibidas por el mismo Derecho… las imágenes, en cualquier manera ejecutadas…, que se apartan del sentido y de las leyes de la Iglesia”. 
También recientemente la Sede Apostólica ha reprobado ciertas desviaciones y contaminaciones del arte sagrado. Ni tiene ningún peso lo que algunos objetan: que hay que acomodar el arte sagrado a las necesidades y circunstancias de los tiempos modernos. Pues el arte sagrado, nacido con la comunidad cristiana, tiene sus propios fines, de los cuales no se puede apartar nunca, y sus propios deberes, a los cuales nunca puede faltar. Por eso Pío XI, de venerable memoria, en un discurso sobre el arte sagrado que pronunció en la inauguración de la Pinacoteca Vaticana, habiendo hecho mención de uno que llaman arte nuevo, añadió estas severas palabras: “Por lo demás, lo hemos manifestado ya muchas veces a los artistas y a los sagrados pastores : Nuestra esperanza, nuestro ardiente deseo, nuestra voluntad no puede ser otra sino que se obedezca a las leyes canónicas, claramente formuladas y aun sancionadas en el Código de Derecho Canónico; a saber: que semejante arte no se admita en nuestras iglesias, y que, con mucha mayor razón, no sea invitado a construirlas, a transformarlas, a decorarlas ; aunque abrimos las puertas de par en par y darnos la más sincera bienvenida a todo desarrollo sano y progresivo de las buenas y veneradas tradiciones, que, en tantos siglos de vida cristiana, en tanta diversidad de ambientes y de condiciones sociales y étnicas, han dado tantas pruebas de su inexhaurible capacidad para inspirar formas nuevas y hermosas, siempre que se las ha interrogado o estudiado o cultivado a la doble luz del genio y de la fe.” 
Y hace poco, Pío XII, felizmente reinante, en la Encíclica sobre la sagrada liturgia, del 20 de noviembre de 1947, exponía concisa y brillantemente los deberes del arte cristiano : “… es absolutamente necesario que se dé campo de acción a aquel arte moderno que con la debida reverencia y el debido honor sirve a los edificios sagrados y a los sagrados ritos; en tal manera, que pueda unir su voz al admirable concierto de gloria que durante el curso de los siglos han entonado los genios a la fe católica. Sin embargo, por la conciencia de nuestro deber no podemos menos de deplorar y reprobar aquellas imágenes y formas que algunos han introducido recientemente, las cuales parecen ser deformaciones y depravaciones del arte sano, y aun a veces abiertamente repugnan al decoro, a la modestia y a la piedad cristiana y lamentablemente ofenden al genuino sentimiento religioso. A tales obras hay que impedir absolutamente la entrada en nuestros templos y desterrarlas de ellos, como, “en general, todo lo que desdice de la santidad del lugar” (can. 1.178, § 6). 
Considerando esto atentamente, esta Suprema Sagrada Congregación, con ardiente deseo de conservar la fe y piedad en el pueblo cristiano por medio del arte sagrado, ha resuelto recordar a todos los Ordinarios del mundo las normas que deben seguir, a fin de que las formas y expresiones del arte sagrado estén perfectamente en consonancia con el decoro y la santidad de la casa de Dios. La arquitectura sagrada, aunque puede adoptar formas nuevas, no debe en modo alguno asemejarse a la de edificios profanos, sino que siempre ha de realizar su objetivo: el que es propio de la casa de Dios y casa de oración. Atiéndase enhorabuena, al construir los templos, a la comodidad de los fieles para que puedan ver mejor y participen con mejor disposición de ánimo a los divinos oficios. Resplandezca también en la iglesia moderna la simplicidad de líneas, que huye de adornos falaces. Pero evítese también todo cuanto ostenta cierto descuido del arte y de la técnica. 
En el canon 1.162, § 1, se manda que “no se construya iglesia alguna sin el consentimiento expreso y escrito del Ordinario del lugar; este consentimiento no puede darlo el Vicario general si para ello no tuviere especial mandato”. 
En d canon 1.164, § 1: “Procuren los Ordinarios, habiendo oído, si fuere necesario, el parecer de personas peritas, que en la edificación y reparación de las iglesias se guarde la forma tradicional cristiana y las leyes del arte sagrado.” 
Esta Suprema Sagrada Congregación formalmente manda que se observen religiosamente las prescripciones de los cánones 1.268, § 2, y 1.269, § l: “La Sagrada Eucaristía se guarde en el sitio más noble y digno de la iglesia, y, por tanto, de ordinario en el altar mayor, a no ser que algún otro parezca más cómodo y conveniente para la veneración y culto de tan excelso sacramento… La Sagrada Eucaristía se debe guardar en un tabernáculo inamovible, colocado en el centro del altar.”
ARTES FIGURATIVAS
I. Según la prescripción del canon 1.279, “a nadie es lícito exponer o hacer exponer en las iglesias, aun en las de los exentos, o en otros lugares sagrados, ninguna imagen desacostumbrada sin la aprobación del Ordinario del lugar” (§ 1).
2. “El Ordinario no puede dar su aprobación para que se expongan a la veneración pública imágenes que no estén conformes con el uso aprobado de la Iglesia” (§ 2).
3. “No permita nunca el Ordinario que en las iglesias y demás lugares sagrados se expongan imágenes que representen doctrinas falsas, o que no muestren la debida decencia y honestidad, o que sean ocasión de error a la gente ruda” (§ 3).
4. Si en las Comisiones diocesanas faltara gente perita o se suscitasen dudas o controversias, consulten los Ordinarios del lugar a las Comisiones metropolitanas o a la Comisión Romana de Arte Sagrado.
5. A tenor de los cánones 485 y 1.178, procuren los Ordinarios que se excluya de los edificios sagrados todo cuanto repugne a la santidad del lugar y a la reverencia debida a la casa de Dios, y prohíban severamente que se expongan a la veneración de los fieles, multiplicándolas sin arte ni gusto en los mismos altares o en las paredes adyacentes, estatuas o cuadros de mediocre valor y frecuentemente estereotipados.
6. Los Obispos y Superiores religiosos nieguen la licencia de editar libros, hojas o revistas en los que se impriman imágenes que no estén conformes con el sentir de la Iglesia y con sus decretos (cfr. cáns. 1.385 y 1.399, § 12).
Para que los Ordinarios de lugar puedan, con garantía de mayor acierto, solicitar y recibir de la Comisión Diocesana de Arte Sagrado un parecer que en manera alguna disienta de las prescripciones de la Sede Apostólica y del fin mismo del arte sagrado, procuren que en dichas Comisiones figuren hombres no sólo peritos en el arte, sino también de fe robusta y de piedad sólida, y dispuestos a seguir con presteza las normas establecidas por la autoridad eclesiástica. Encárguense las obras de pintura, escultura y arquitectura sólo a aquellos artistas que aventajen a los demás en pericia y que sean capaces de expresar la fe y piedad sincera, fin de todo arte sagrado.
Se ha de procurar, finalmente, que los aspirantes a las sagradas órdenes reciban en las clases de Filosofía y Teología una instrucción en el arte sagrado que se acomode al ingenio y edad de cada uno, y que aprendan a gustarlo de profesores que obedezcan fielmente los decretos de la Iglesia y veneren las costumbres y tradiciones de nuestros mayores.
Fechada en Roma, en el palacio del Santo Oficio, el 30 de junio de 1952.
José, Card. Pizzarro, secretario.

ALFREDO OTTAVIANI, Asesor”


Comentario (fragmento) que acompaña a la “Instrucción de la Congregación del Santo Oficio sobre Arte Sacro”:
Si sólo se tratase de presentar y decorar magníficamente la casa de Dios, habría mucha libertad de acción; pero éste es sólo un fin del arte religioso. El arte no entra en el templo para mero decoro; debe cumplir, además, otra finalidad: ayudar a la fe y a la oración. Y para cumplirlo, deberá evitar lo espectacular, lo truculento, lo que distraiga. “Nada debe ocurrir en el templo que perturbe o aun solamente disminuya la piedad y la devoción de los fieles”. Así se comprende cómo ciertas formas, ciertos estilos y tendencias, artísticamente indiscutibles, no sirven para el templo. El arte sacro cumple con una misión educadora ante el pueblo cristiano: contribuye a la instrucción de los fieles, les ayuda a rezar. Es conocida la frase de SAN GREGORIO MAGNO: “Las pinturas murales de las iglesias son el libro de los que no saben leer.” Teniendo en cuenta esta función social del arte sacro, evidentemente que no toda obra artística será apta para el culto.
Prohibidas las imágenes deformes. No es la novedad insólita lo más grave en la encrucijada de la plástica actual, sino la aversión a los principios clásicos de belleza. Un realismo sin freno ha llevado a algunos hasta lo grotesco y deforme: al feísmo o culto de lo feo. Toda producción artística tiende a estilizar las cosas reales; por lo tanto, a deformarlas en cierto modo; pero ahora se trata de la deformación como fin, a plena conciencia. A fin de huir de lo tradicionalmente bonito y agradable (id cuius apprehensio placet, de SANTO TOMÁS) se complacen en lo repulsivo y alucinante, en lo concebido entre fiebres. Esta escuela ha hecho la apología del arte negro, así como de cuanto sea barbarie y monstruosidad, y, cosa curiosa, prosperó al amparo de una revista parisiense con nombre de monstruo: “Minotaure'”. ¡Qué lejos están de los postulados clásicos de belleza! En vez del esplendor del orden o del esplendor de la forma, impera lo desproporcionado y deforme. La Instrucción se apropia la frase que Pío XII dejó en la Mediator Dei: “Por la conciencia de nuestro deber no podemos menos de deplorar y reprobar aquellas imágenes y formas que algunos han introducido recientemente; las cuales parecen ser deformaciones y depravaciones del arte sano, y aun a veces abiertamente repugnan al decoro, a la modestia y a la piedad cristiana y lamentablemente ofenden al genuino sentimiento religioso. A tales obras hay que impedir absolutamente la entrada en nuestros templos y desterrarlas de ellos, como “en general, todo lo que desdice de la santidad del lugar”. Lo deforme es inadmisible, no sólo porque nunca podrá cumplir con el doble fin del arte sagrado, sino porque dudamos seriamente que sea arte’.

      Fonte: Aqui

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