EL PROTESTANTISMO EN EL CORAZÓN DE LA SUBVERSIÓN MODERNA


Editorial de Le Sel de la Terre nº 99, invierno 2016-2017
(Traducción por F.I. Aqui)
Puede parecer que el protestantismo sea cosa del pasado. ¿Vale la pena entonces que se insista sobre él en tiempos en que ideologías mucho más avanzadas devastan el mundo contemporáneo? En realidad, esta insistencia proviene de los papas. Durante más de un siglo ellos repitieron sin pausa que la Revolución es hija del protestantismo. Monseñor Delassus se hizo eco de ello al designar a la pseudo-Reforma como una etapa capital de la conjuración anticristiana[1]. Y el simple buen sentido comprueba con facilidad que el protestantismo fue quien expandió por todo el mundo cristiano el virus del liberalismo, que es el corazón de la Revolución.                                  
El juicio de los papas

Desde 1793, luego del asesinato del rey Luis XVI, Pío VI afirmó que la Revolución que hacía estragos en Francia tenía su origen en el calvinismo. Él no dudó en hablar de conjura, de conspiración y de complot:
hacía tiempo ya que los calvinistas habían comenzado a conjurar en Francia para la ruina de la religión católica. Pero para alcanzar el término había que preparar los espíritus […] Es en vista de esto que se vincularon con los filósofos perversos. La Asamblea General del clero de Francia de 1745 había descubierto y denunciado los abominables complots de todos estos artesanos de impiedad. Y Nosotros mismos, desde el comienzo de Nuestro pontificado[…] anunciamos el peligro inminente que amenazaba a Europa […] Si se hubieran escuchado Nuestras descripciones y Nuestros consejos, no tendríamos que lamentar ahora el progreso de esta vasta conspiración tramada contra los reyes y contra los imperios[2].
León XIII, en su encíclica Diuturnum sobre el origen del poder civil, hace remontar al protestantismo los errores políticos de las sociedades modernas, señaladamente la soberanía del pueblo y la falsa noción de libertad:
De aquella herejía nacieron en el siglo pasado una filosofía falsa, el llamado derecho nuevo, la soberanía popular y una descontrolada licencia que muchos consideran como la única libertad. De aquí se ha llegado a esos errores recientes que se llaman comunismo, socialismo y nihilismo, peste vergonzosa y amenaza de muerte para la sociedad civil[3].
León XIII insiste y precisa en su encíclica Immortale Dei que el protestantismo está en el origen de las libertades modernas y de aquello que los papas llaman el «derecho nuevo», aquel de la sociedad moderna que destrona a Cristo Rey:
Sin embargo, el pernicioso y deplorable afán de novedades promovido en el siglo XVI, después de turbar primeramente a la religión cristiana, vino a trastornar como consecuencia obligada a la filosofía, y de ésta pasó a alterar todos los órdenes de la sociedad civil. A esta fuente hay que remontar el origen de los principios modernos de una libertad desenfrenada, inventados en la gran revolución del siglo pasado y propuestos como base y fundamento de un derecho nuevo, desconocido hasta entonces y contrario en muchas de sus tesis no solamente al derecho cristiano, sino incluso también al derecho natural[4].
Monseñor Lefebvre sacaba esta conclusión:
Ved entonces cómo todo resulta lógico, cómo los papas han previsto todas estas cosas, lo han dicho con firmeza desde Pío VI en el tiempo de la Revolución hasta León XIII a fines del siglo pasado […] Si tomáis todas las declaraciones de san Pío X en el momento del Sillon, veréis que tratan de lo mismo, siempre de lo mismo: ellos condenaron, condenaron, condenaron. Entonces nosotros debemos impregnarnos de esta doctrina para comprender también nosotros la nocividad de estos principios en los cuales, como sabéis, estamos como inmersos. Inmersos, infestados, desde el momento en que todas nuestra instituciones están infestadas de este espíritu de libertad: la libertad religiosa, la libertad de conciencia, la libertad del pensamiento, la libertad de prensa, la libertad de enseñanza[5].
El testimonio de monseñor Delassus
En su libro magistral La conjura anticristiana, monseñor Delassus resume las tres etapas de esta conjura según la fórmula de las tres «R»: bajo la influencia de la Cábala se recae en el naturalismo pagano en las artes (Renacimiento); luego, en la religión (Reforma); finalmente, en la política (Revolución).
La pretendida Reforma ha jugado el papel de una etapa en este proceso, pero de una etapa indispensable, como lo subraya Jacques Maritain, el Maritain de 1925 -vale decir, antes de su cambio de actitud luego de la condena de la Acción Francesa:
La revolución luterana, por el mismo motivo por el que pertenece a la religión, a todo a aquello que domina la actividad del hombre, debía cambiar de la manera más profunda la actitud del alma humana y del pensamiento especulativo de cara a la realidad. La Reforma ha desencadenado el yo humano en el orden espiritual y religioso, del mismo modo que el Renacimiento ha desencadenado el yo humano en el orden de las actividades naturales y sensibles[6].
Al comienzo del capítulo sobre «la Reforma, hija del Renacimiento», monseñor Delassus cita a Paulin Paris, un erudito ocupado en la Edad Media:
La Edad Media no era tan diferente a los tiempos modernos como se cree: las leyes eran diferentes, así como los usos y las costumbres, pero las pasiones humanas eran las mismas. Si uno de nosotros fuera transportado a la Edad Media, vería en torno de sí labriegos, soldados, sacerdotes, financieros, desigualdades sociales, ambiciones, traiciones. Lo que cambió es el fin al cual estaba dirigida la actividad humana[7].
Monseñor Delassus comenta:
No se podría decir mejor. Los hombres de la Edad Media eran de la misma naturaleza que nosotros, naturaleza inferior a la de los ángeles y, para más abundar, naturaleza caída. Tenían nuestras mismas pasiones y se dejaban llevar por ellas, a menudo a excesos los más violentos. Pero el fin era la vida eterna: los usos, las leyes y las costumbres estaban inspirados por ese fin; las instituciones religiosas y civiles dirigían a los hombres hacia su fin último, y la actividad humana estaba dirigida, en primer lugar, al perfeccionamiento del hombre interior.
En nuestros días –y aquí está el fruto del Renacimiento, la Reforma y la Revolución– el punto de vista cambió, el fin ya no es el mismo; lo que se quiere, lo que se busca, no por los individuos aislados sino por el impulso dado a toda la actividad social, es la mejora de las condiciones de la vida presente para alcanzar un mayor y más universal disfrute de la vida. Lo que hoy cuenta como «progreso» no es más aquello que contribuye a una mayor perfección moral del hombre, sino lo que aumente su dominio sobre la materia y la naturaleza, con el fin de ponerlas más completa y dócilmente al servicio del bienestar temporal.
La reforma de Lutero es protesta contra la civilización cristiana, protesta contra la Iglesia que la había fundado, protesta contra Dios de quien ésta dimanaba. El protestantismo de Lutero es el eco sobre la tierra del Non serviam de Lucifer. Éste proclama la libertad, la de los rebeldes, la de Satanás: el liberalismo […] Todo lo que la Reforma había recibido del Renacimiento y que ella debía transmitir a la Revolución está en esta palabra: protestantismo[8].
Éste es, pues, un hecho constatado tanto por los papas como por los observadores del movimiento revolucionario: el protestantismo preparó la Revolución. Falta aún explicar la causa profunda.

El protestantismo es el padre del liberalismo
La razón es, en el fondo, muy simple: el luteranismo difunde el liberalismo, vale decir, el corazón de la Revolución.
Lutero sufrió una doble influencia: el nominalismo y el agustinismo, los cuales, unidos al orgullo de Lutero, lo llevaron a constituirse en el padre del liberalismo.
El nominalismo es una deformación de la filosofía que tuvo comienzo poco después de santo Tomás de Aquino, señaladamente bajo la influencia de Guillermo de Occam (1281-1347). No existe una naturaleza universal, sino simplemente individuos. Si hablamos de naturaleza humana, es un simple nombre que no corresponde a realidad alguna. No existen sino individuos humanos.
Por consiguiente, no existe una ley natural. La única ley es la voluntad superior. Una voluntad arbitraria, ya que para Occam Dios es dueño de darnos los mandamientos que Él quiere: extremando el argumento, ¡podría darnos el mandato de odiar![9]
Tal concepción de la ley la desvaloriza y, finalmente, la vuelve despreciable. Para Lutero ésta deviene incluso insoportable.
Después de que Lutero se determinó a negar obediencia al Papa y a romper con la comunión de la Iglesia, su yo, a pesar de las angustias internas que aumentaron progresivamente hasta su muerte, estará desde entonces por encima de todo. Toda regla «exterior», toda «heteronomía», como dirá Kant, se convierte desde aquel momento en una ofensa intolerable para su «libertad cristiana». «No admito, escribe en junio de 1522, que mi doctrina pueda ser juzgada por nadie, ni siquiera por los ángeles. Quien no reciba mi doctrina no puede llegar a salvarse». «El yo de Lutero, escribía Moehler, era según él el centro en torno al cual debía gravitar la humanidad entera; se convirtió a sí mismo en el hombre universal en quien todos debían encontrar su modelo. En resumidas cuentas, se colocó en lugar de Jesucristo»[10].
Pero Lutero sufrió también la influencia del agustinismo. Él era monje agustino. La universidad de Wittemberg tiene por patrono a san Agustín. San Agustín es un converso que tuvo sus problemas para vencer sus pasiones. Esta es la razón por la que siempre tuvo la tendencia a describir con vigor las consecuencias del pecado original. Esta tendencia pesimista se va a acentuar en algunos de sus discípulos. Lutero exagerará aún más este pesimismo hasta pretender que no podemos evitar el ceder a nuestras pasiones. No tenemos más libertad; el libre arbitrio se transforma en siervo arbitrio. «El libre arbitrio ha muerto», «la concupiscencia es invencible», en el sentido de que ésta resulta siempre victoriosa.
¿Cómo salir de este pesimismo? Es en esta instancia que se pone el «evento de la Torre». Lutero recibió la revelación en la letrina del convento. «El Espíritu Santo me dio esta intuición en esta letrina»[11]. La solución es la «fe que justifica».
Nuestras obras son malas, ellas no tienen ningún mérito ante Dios, ellas más bien nos enorgullecen y así nos alejan de Dios. Pero Dios nos imputará la justicia de Jesucristo, y es por la «fe» que esta justicia nos será imputada:
Por encima de nuestra corrupción, Dios puede extender una capa, quiero decir los méritos de Jesucristo. Ésta será una justificación toda exterior, un revestimiento de mármol sobre la madera podrida de una cabaña. En el trabajo por alcanzar nuestra salvación está activo Jesucristo, y sólo Jesucristo; nosotros no tenemos que ser más que nosotros mismos. Querer cooperar con nuestras obras con aquello que está sobreabundantemente cumplido equivale a injuriarlo. ¿Y cómo obtendrá el hombre esta capa de parte de Dios, quiero decir esta atribución exterior de los méritos de Jesucristo? Por la fe o, para hablar con más exactitud, por la confianza en Dios y en Jesucristo. El hombre continuará produciendo frutos de muerte, pero por la confianza que estará en su corazón, merecerá que Dios le atribuya los méritos de Jesucristo. En definitiva: cuando sienta en sí mismo esta confianza, entonces tendrá la certeza de su salvación[12].
Lo mismo que nuestras buenas obras no sirven de nada para alcanzar nuestra justificación, así nuestras malas obras no la impiden. Justificación y pecado pueden coexistir en nosotros. No sirve de nada obrar el bien; el pecado no impide la salvación. En consecuencia, la ley moral resulta inútil y es abrogada.
Ella ha sido abrogada del todo y sin reservas, de manera que ya no podrá más ni acusar ni atormentar al fiel; doctrina de la mayor importancia que debe proclamarse desde los tejados, «ya que ella lleva el consuelo a las conciencias, sobre todo a aquellas oprimidas por el temor. Lo he dicho a menudo y lo repito una vez más, porque nunca será repetido a suficiencia: el cristiano que alcanza por la fe el beneficio de Jesucristo se encuentra absolutamente por encima de toda ley, está eximido de toda obligación relativa a la ley…».
Cuando San Pablo dice que por medio de Jesucristo somos libres de la maldición de la ley, evidentemente él entiende de toda ley, y ante todo de la ley moral, ya que es ésta sola (y no las otras dos categorías, la judiciaria y la ceremonial) la que acusa, maldice y condena a la conciencia. Decimos entonces que, allí donde Cristo reina por su gracia, el Decálogo no tiene ya el derecho de acusar y atormentar a la conciencia»[13].
De esta manera, entonces, el nominalismo de Lutero impulsó a éste a no reconocer la ley natural, y su teoría de la justificación por la fe lo impele a suprimir toda obligación de la ley moral. Así, a pesar de su pesimismo acerca de la libertad psíquica del hombre, Lutero instala el principio del liberalismo: cada cual hace lo que quiere.
Una Iglesia queriendo encuadrarlo, estrecharlo con coerciones intelectuales y legales, una regla moral que quiere dirigir, atar su voluntad: todo esto lo restringe, lo limita en sus actos. Todo esto es inútil y odioso.
He aquí la gran novedad, el gran descubrimiento que llevaba a Lutero al colmo de la alegría. Para celebrar este descubrimiento, él tiene páginas de un extraño lirismo. En lo sucesivo, él habrá acabado con el yugo de la ley y los tormentos de la conciencia. He aquí el Evangelio, es decir, la Buena Nueva que él venía a anunciar en nombre de Dios. Por espacio de siglos esta verdad había quedado escondida; la pobre humanidad había sido doblegada por la Iglesia romana bajo el yugo inútil y pesado de la penitencia, con la obligación de tender a la perfección a través de las obras personales. Lutero, por el contrario, venía a aprender a esconderse bajo el ala de Jesucristo, a elevarse -por la confianza, por el sentimiento, merced a un dulce ensueño- hasta el pie del trono de Dios.
Así es como resulta afirmada la independencia del nuevo profeta para con toda moral: al modo como un niño desnudo entregado a sus alegres retozos sobre una muelle alfombra despliega cándidamente todo su impudor[14].
Fátima para salvarnos de Lutero
Es fuerza constatar que el espíritu  del protestantismo ha penetrado por todos lados en nuestra sociedad posmoderna. El liberalismo ha entrado incluso a la Iglesia, y la Revolución conciliar, comenzada en 1962, se desarrolla sin vergüenza ante nuestros ojos, haciendo tabla rasa de los principios más elementales de la moral. El mismo papa ha ido a Suecia para dar inicio oficialmente, junto con los luteranos, a un «año de Lutero».
Más bien que el «año de Lutero», nosotros sugerimos festejar otro centenario: aquel de Fátima, donde la santa Virgen se apareció seis veces en 1917.
La santa Virgen es el «anti-Lutero», si vale expresarnos así. El monje pretendió que era imposible obedecer a  Dios, que la ley de Dios estaba por encima de nuestras fuerzas y que, hagamos lo que hagamos, no podemos salir del pecado  La santa Virgen, en cambio, obedeció a Dios; fiat: ésta es su divisa. Ella nos dice que obedezcamos a Nuestro Señor: «haced todo lo que Él os diga» (Jn 2, 5). En Fátima, la santa Virgen mostró que se puede salir del pecado desde el mismo momento en que exhortó a las almas a convertirse y a cambiar de vida:
– Tendría muchas cosas para pediros, dijo Lucía: curar algunos enfermos y convertir pecadores, etc. – Algunos sí, respondió Nuestra Señora, otros no. Deben corregirse y pedir perdón por sus pecados.Y tomando un aire más triste: que no ofendan más a Dios, Nuestro Señor, que ya está bastante ofendido.
Fátima recuerda la necesidad de rezarle a la santa Virgen: el de notar que el rosario es mencionado en cada aparición; y la mediación de María es implícitamente recordada en el hecho de que la conversión de Rusia está ligada a la consagración al Corazón Inmaculado de María.
Todo esto está en los antípodas de la doctrina de Lutero, según la cual no es necesario rezarle a la santa Virgen, bajo pretexto de que no hay sino un mediador entre Dios y los hombres. Lo que implica olvidar que Jesús, el nuevo Adán, ha querido tener a su lado a una nueva Eva, María, a la que constituyó medianera de todas sus gracias. Por esto mismo, no rezarle supone dejar de honrar a Jesús y a su Madre.
No se puede menos que temblar al constatar que el papa Francisco instaló la estatua de Lutero en el Vaticano el pasado 13 de octubre, día en que se conmemora el gran milagro del sol. ¿No es esto, objetivamente hablando, una afrenta a la Madre de Dios?
Dios reclamó la práctica de los cinco primeros sábados de mes para reparar las cinco principales ofensas contra el Inmaculado Corazón. Entre estas ofensas se encuentran «las blasfemias de aquellos que se rehúsan a reconocerla como Madre de los hombres» y «las blasfemias de aquellos que buscan públicamente instalar en el corazón de los niños la indiferencia, el desprecio o incluso el odio respecto a esta Madre Inmaculada». Ahora bien, ¿no es esto aquello a lo que conduce la doctrina de Lutero y los protestantes?[15]
Felizmente, la Virgen María cuenta a menudo con «represalias» de madre, principalmente convertir a aquellos que la han ofendido, más bien que castigarlos. Así, durante la «vuelta al mundo», aquel viaje triunfal de la estatua de Fátima a través del mundo entero a partir de 1947, se han visto muy numerosas conversiones de protestantes.
Tratemos de replicar al año de Lutero con un año de Fátima, en el curso del cual recitaremos mejor nuestro rosario meditando los misterios, practicaremos la devoción de los cinco primeros sábados del mes y, sobre todo, aumentaremos nuestra devoción al Corazón Inmaculado de María pidiéndole especialmente el retorno de las autoridades conciliares a la Tradición y la conversión de los protestantes.


[1] DELASSUS Mgr Henri, La Conjuration antichrétienne – Le Temple maçonnique voulant s’élever sur les ruines de l’Église catholique,Lille, 1910.
[2] PÍO VI, Alocución al consistorio, 17 de junio de 1793.
[3] LEÓN XIII, Diuturnum illud, 29 de junio de 1881.
[4]  LEÓN XIII, Immortale Dei, sobre la constitución cristiana de los Estados, 1 de noviembre de 1885.
[5] Conferencia de monseñor Lefebvre, diciembre de 1973.
[6] Jacques MARITAIN, Trois Réformateurs,Plon-Nourrit, 1925, pp. 19-20
[7] Paulin PARIS, citado por mons. Henri DELASSUS, La Conjuration antichrétienne, p. 42.
[8] Mgr Henri DELASSUS, La Conjuration antichrétienne, pp. 42-45.
[9] Guillaume D’OCCAM, Commentaire sur les Sentences,II, q.15 et IV, q. 16 (Opera philosophica et theologica, t. 5, Saint-Bonaventure [N.Y.], 1981, p. 342 et 352, et t. 7, Saint-Bonaventure [N.Y.], 1984, p. 352).
[10]  Jacques MARITAIN, Trois Réformateurs, p. 20.
[11] Propos de table de Luther, citados en DTC « Luther », col 1207. Este artículo de DTC es del canónigo Jules PAQUIER (1864-1932), quien fuera el traductor de la obra maestra del padre DENIFLE, Luther et le luthéranisme.
[12] DTC « Luther », col 1229.
[13] DTC « Luther », col 1242.
[14] DTC « Luther », col 1246-47.
[15] Ver Philippe LEGRAND, Merveilles opérées par le Cœur Immaculé de Marie, éditions du Sel, 2006.

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Se a Guerra do Iraque foi uma guerra justa


Carlos Nougué

Resumamos a doutrina de Santo Tomás de Aquino a respeito da guerra justa. Segundo ele, para que uma guerra seja justa, é preciso que se cumpram as seguintes precondições:
1) Que a causa que a move seja justa. Assim, não é justo fazer guerra para impor uma fé, como fazem os muçulmanos; mas é justo mover uma guerra para permitir o exercício da fé verdadeira ou católica, como fizeram os cruzados.
2) Deve ser reta a intenção de quem faz a guerra, ou seja, deve-se ter a intenção de fazer com que retorne a justa paz e a verdadeira ordem.
3) A guerra deve ter possibilidade de êxito, sob pena de nem ser guerra, mas mera sedição, revolta, etc. Foi o que fizeram os essênios ao revoltar-se contra o Império Romano, sem a menor possibilidade de vitória.
4) Mais que isso, porém: ainda que movido por uma justa causa e intenção, e com possibilidade de vitória, aquele que guerreia não tem o direito de usar de mentiras. Naturalmente, não deve revelar seus planos táticos ao inimigo. Mas uma coisa é não revelá-los; outra é mentir, que é pecado em qualquer situação. Assim, o estratagema mentiroso de Pearl Harbor já condena os EUA por abuso do direito de guerra.
Mas consideremos, agora, a Guerra do Iraque.
1) Era justa a causa da guerra ao Iraque? Ainda que demos (mas sem conceder) que, sim, era justa, por tratar-se de impedir novos ataques como o levado a efeito contra as torres gêmeas, não o era por outro ângulo: o impor o regime democrático-liberal. Isto é guerrear para impor uma espécie de fé ― e fé falsa.
2) Tinha Bush intenção reta ao mover a guerra? Embora seja quase infantil acreditar que não fosse movido sobretudo por interesses econômicos, demos outra vez (novamente sem conceder) que não se movia por tais interesses.
3) Tinham os EUA possibilidade de vitória? Sim, é claro.
4) Mas é óbvio que tais “dares” se dissipam ao considerar-se que, em verdade, o alegado e propalado móvel da guerra era já uma grande mentira: a fabricação pelo Iraque de armas químicas. (Afora o fato de nunca, até hoje, ter havido provas efetivas de ligação direta entre Bin Laden e Saddam Hussein.) Isto, de per si, por ser mentirosa a própria razão alegada da guerra, já a torna injusta.
5) Ademais, não sabiam os EUA que a situação interna do Iraque se tornaria pior, sem paz nem ordem, com a queda do presidente daquele país? Quem não sabia que, se Saddam não tivesse sido duro para conter a guerra fratricida das facções islâmicas rivais, incluindo os sanguinários curdos, o Iraque já seria sob Saddam o que é hoje sob os americanos: um território banhado de sangue pelo fanatismo?
6) Mas, como se disse, se não interesses econômicos petrolíferos, pelo menos moveu os EUA a atacar o Iraque a tentativa de impor o credo liberal-democrático. E isso também torna injusta a guerra em questão, porque não era intenção de Bush reinstaurar ali a ordem e paz. Estas, por certo aspecto, já se davam sob o governo de Saddam; ao passo que, como se pode ver perfeitamente hoje, o estado de coisas depois da guerra e do justiçamento de Saddam seria previsivelmente pior que o anterior. Tampouco, portanto, foi justa a guerra no Iraque por este ângulo: intenção não reta, e ao menos grande probabilidade de um estado pior que o anterior. 
7) Além disso, pensemos: o regime de Saddam era o único regime islâmico que dava razoável liberdade à Igreja (havia até um ministro católico). E quem é o principal aliado dos EUA no mundo árabe? A monstruosa Arábia Saudita, lugar de grande perseguição dos católicos.
8) Ademais, não sejamos ingênuos: tanto Saddam como Bin Laden eram agentes dos serviços secretos norte-americanos. Depois, naturalmente, os EUA perderam o controle sobre eles. Sucedeu algo semelhante ao ocorrido no Irã: para derrubar o xá Reza Parlevi, que estava montando a maior frota do Golfo Pérsico, os serviços secretos britânicos estimularam sua derrubada pelo movimento xiita. Depois, é claro, perderam o controle sobre os aiatolás; mas foram a causa primeira da ascensão destes.
9) Nada de surpreendente, se pensarmos que foram os ingleses, mediante Lawrence da Arábia, quem forjou os estados nacionais daqueles beduínos do deserto que constituíam grande parte do povo islâmico; e o fizeram para derrotar seus inimigos na Primeira Guerra Mundial, ainda que à custa da islamização de boa parte da terra.
10) Mas não nos esqueçamos, sobretudo, de que foram os EUA quem pressionou a União Européia a incluir a islâmica Turquia (que sempre fora considerada da Ásia Menor); e, especialmente, quem fez de tudo para que os países europeus aceitassem a entrada maciça de imigrantes muçulmanos. Por quê? Será preciso repetir o óbvio? Para acabar com o que restava de Cristandade. (Aliás, já a Primeira Guerra Mundial não se dera, essencialmente, para acabar com o que já então era o único império católico, o Austro-Húngaro? E a revolução bolchevique também não ocorrera para acabar com o Império czarista, não católico, é verdade, cismático, é verdade, cesaripapista, é verdade, mas ao fim e ao cabo cristão aos olhos do inimigo? E não ocorrera a sanguinária revolução francesa para acabar não só com a monarquia, mas sobretudo com a Igreja Católica e sua união com os poderes temporais? E assim sucessivamente para trás.)
Ou seja, a Guerra do Iraque não foi uma guerra justa.
E lembremo-nos: ou se está sob a bandeira de Cristo Rei e sua Igreja, ou se está sob o pavilhão de Satanás. Tertium non datur: não há terceira possibilidade.


P.S.: Tampouco pode o vencedor de uma guerra castigar o derrotado em proporção maior que a de sua agressão. No máximo o olho por olho, dente por dente. Ora, a bomba atômica sobre Hiroshima e Nagasaki era imensamente desproporcional ao dano causado pelo derrotado (que, aliás, já estava realmente derrotado quando sofreu o holocausto nuclear): a bomba atômica não mata apenas inimigos; mata parte da natureza humana, degenera-a ao longo de gerações. Crime inominável, que clama ao céu por vingança. E crime cometido contra as duas únicas cidades japonesas com catedrais católicas; cidades compostas também de considerável população de xintoístas convertidos ao catolicismo.

“Liberalismo e socialismo”, por Daniel Scherer

            À primeira vista, não há nada aparentemente mais diferente do que um liberal econômico e um socialista. A oposição enfadonha entre mercado e Estado parece pô-los a léguas de distância um do outro. O laissez-faire e o Welfare parecem contrapor-se como veneno e antídoto, embora as fileiras de combatentes divirjam quanto a quem cabe cada uma dessas designações.
            No entanto, é ainda o “liberalismo fundamental”[1] que subjaz a essas duas ideologias. Ambos os grupos almejam organizar a sociedade de modo puramente imanente, seja pelo mercado, seja pelo Estado, seja por um conúbio escuso de ambos; tentam criar ordem sem apelar a um Summum Bonum transcendente. Daí que Carlos Nougué observe: “O liberalismo e o comunismo brotam de um mesmo non serviam, de uma mesma revolta contra Deus, e ambos carecem de uma correta compreensão do que é o homem, seus produtos e seus fins”[2].
            Isso explica, por exemplo, o persistente insucesso dos liberais brasileiros no combate às doutrinas socialistas em nossas plagas. Nossos liberais julgam que, demonstrada a superioridade – quanto à eficiência econômica – do mercado livre sobre a economia estatizada e o intervencionismo, deram cabo do adversário, o qual, no entanto, e frequentemente para seu espanto, não para de crescer. Atesta Lindenberg:
Os neoliberais estão convictos de que comunistas, socialistas e progressistas são na sua maioria idealistas, honestos, e bem intencionados, mas que ao mesmo tempo estão desinformados e mal orientados. Acreditam por isso, que a difusão em massa de publicações, embora não pretendendo ser polêmica constitui uma evidência cabal das vantagens dos sistemas de mercado e é, por si só, suficiente para levar os ditos grupos a rever suas posições. Acreditam ainda que esses esquerdistas, pertencentes a diferentes faixas de opinião, são essencialmente pragmáticos e, assim sendo, o conceito socialista terá perdido a sua capacidade de atração, em especial após o colapso da União Soviética[3].
Esse equívoco, contudo, deriva menos do pragmatismo utilitarista típico dos liberais – que amiúde os torna cegos, segundo se diz, a considerações mais elevadas e decisivas, como as de ordem moral-religiosa – do que de uma concordância substantiva quanto a esses pontos. Os liberais reprovam nos comunistas apenas o estatismo, porque, quanto ao mais, estão de acordo. Corção é implacável:
Eu ouso dizer que o comunismo é o coroamento do liberalismo, e que em nenhum outro regime o homem é mais desoladamente individual, porque suas relações sociais têm apenas o sentido de cooperação. A relação entre indivíduo e sociedade, tanto no liberalismo como no comunismo, é de ordem puramente material; a relação entre a pessoa e a sociedade compreende também o aspecto material mas subordina-o a um primado do espírito pelo qual o bem comum é homogêneo com a perfeição da pessoa[4].
O próprio Marx, não custa lembrar, afirmava que “a burguesia desempenhou na história um papel extremamente revolucionário”[5]. Marx sabia que a revolução que ele tanto almejava já fora iniciada pela burguesia. Apenas, uma vez conquistado o poder, o burguês, com o perdão do chiste, “aburguesara-se”; perdera o ímpeto dinamizador de outrora. O que Marx denuncia no burguês é a deserção; reprime-o como a um companheiro de luta que mudou de lado, ou no mínimo largou as armas quando encontrou um bunker confortável.

Insista-se: liberalismo e socialismo são expressões econômico-políticas antitéticas do mesmo “liberalismo fundamental”. A concordância profunda entre esses dois grupos quanto às pautas culturais que defendem deriva precisamente da revolta liberal que os irmana. E, para um católico, a quem cumpre combater essa “síntese de todas as heresias”, cumpre combater ambos os grupos. Recordemos a lição de Pio IX: “É dever do Nosso múnus pastoral chamar-lhes a atenção para a gravidade e eminência do perigo: lembrem-se todos, que deste socialismo educador foi pai o liberalismo, será herdeiro legítimo o bolchevismo”[6].
            A similaridade essencial entre o liberalismo e o socialismo, bem como a enorme plasticidade de ambos, pode ser ilustrada pelo marcusianismo – quiçá a mais influente corrente ideológica hoje em dia. Se o marcusianismo é, por um lado, uma reformulação do marxismo – conquanto rejeite o que era central no marxismo-leninismo: o mecanismo da luta de classes, a proposta da coletivização dos meios de produção, a ditadura do proletariado, etc. –, é inegável que ele seja, por outro lado, o paroxismo mesmo do liberalismo.
O que Marcuse propõe, essencialmente, é uma mudança na estratégia revolucionária. Em seu magnum opus, O homem unidimensional, saído em 1964[7], o alemão observa que as recentes reformulações no modo de produção capitalista tornaram obsoleta a estratégia marxista clássica. A nova sociedade industrial “se distingue por conquistar as forças sociais centrífugas mais pela Tecnologia que pelo Terror, com dúplice base numa eficiência esmagadora e num padrão de vida crescente”[8]. Por conta disso, “a sociedade contemporânea parece capaz de conter a transformação social – transformação qualitativa que estabeleceria instituições essencialmente diferentes, uma nova direção dos processos produtivos, novas formas de existência humana”[9]. A atual sociedade tecnológica logrou unir as duas classes sociais arquetípicas, e ainda básicas: a burguesia e o proletariado. Mas, por isso mesmo, tais classes deixaram de ser os agentes da transformação revolucionária. Escreve Marcuse:
Uma ligeira comparação entre a fase de formação da teoria da sociedade industrial e sua situação atual poderá ajudar a mostrar como as bases da crítica foram alteradas. Em suas origens, na primeira metade do século XIX, quando elaborou os primeiros conceitos das alternativas, a crítica da sociedade industrial alcançou concreção numa mediação histórica entre teoria e prática, valores e fatos, necessidades e objetivos. Essa mediação histórica ocorreu na consciência e na ação política das duas grandes classes que se defrontavam na sociedade: a burguesia e o proletariado. No mundo capitalista, ainda são as classes básicas. Contudo, o desenvolvimento capitalista alterou a estrutura e a função dessas duas classes de tal como que elas não mais parecem ser agentes de transformação histórica. Um interesse predominante na preservação e no melhoramento do status quo institucional une os antigos  antagonistas nos setores mais avançados  da sociedade contemporânea. E a própria ideia da transformação qualitativa recua diante das noções realistas de uma evolução não-explosiva proporcionalmente ao grau em que o progresso técnico garante o crescimento e a coesão da sociedade comunista[10].
A despeito de todos os esforços da intelectualidade marxista para ensinar aos trabalhadores quais são seus “interesses objetivos”, o proletariado renunciou a seus mestres e desertou a revolução – como outrora o burguês o fizera. Ao que parece, os antigos inimigos viraram irmãos; o leão deitou-se com o cordeiro. A conclusão óbvia a extrair-se desse dado é que o marxismo foi cabalmente desmentido pela história, e que, no final das contas, a revolução interessa tanto ao proletariado quanto o proletariado interessa à intelectualidade marxista. Mas Marcuse tem uma hipótese alternativa: o proletariado é que se vendeu – por um prato de lentilhas e um iphone. Ele já não sabe quais são seus “verdadeiros interesses”.
A revolução não deve ser abandonada; pelo contrário, deve ser continuada mais resolutamente do que outrora, porque tem agora uma tarefa ainda mais hercúlea: salvar o proletariado não apenas dos capitalistas, mas dele próprio. O fato básico da opressão segue existindo, e agora talvez mais implacavelmente do que antes, porque a repressão é mais difusa e confortável do que outrora, e, na mesma medida, mais sólida e inabalável: “a união da produtividade crescente e da destruição crescente; a iminência de aniquilamento; a rendição do pensamento, das esperanças e do temor às decisões dos poderes existentes; a preservação da miséria em face da riqueza sem precedentes”[11] são ainda dedos em riste, acusando a sociedade industrial contemporânea. Uma “transformação qualitativa” ainda é urgente.
Marcuse diz mesmo, celebremente, que a racionalidade tecnológica, tal como se organiza hoje, é categoricamente “totalitária”[12]; pois “com o crescimento da conquista tecnológica cresce a conquista do homem pelo homem”[13]. Ora, “as tendências totalitárias da sociedade unidimensional tornam ineficaz o processo tradicional de protesto – torna-o talvez até perigoso porque preservam a ilusão da soberania popular”[14]. Para combater esta racionalidade tecnológica, que é no fundo irracionalidade, e romper seu círculo vicioso; para rasgar o véu ideológico da “boa vida” mantida pela mentira da perpétua criação de novas necessidades e da obsolescência programada, é preciso “um Sujeito histórico essencialmente novo”[15]. Como o proletariado perdeu seu afã revolucionário, onde se pode buscar esse “novo Sujeito” – senão nas margens da sociedade, em que ainda se dá sua negação? Escreve Marcuse:
Por baixo da base conservadora popular está o substrato dos párias e estranhos, dos explorados e perseguidos de outras raças e de outras cores, os desempregados e os não-empregáveis. Eles existem fora do processo democrático; sua existência é a mais imediata e a mais real necessidade de pôr fim às condições e instituições intoleráveis. Assim, sua oposição é revolucionária ainda que sua consciência não o seja. Sua oposição atinge o sistema de fora para dentro, não sendo, portanto, desviada pelo sistema, é uma força elementar que viola as regras do jogo e, ao fazê-lo, revela-o como um jogo trapaceado[16].
É aos “subcães”[17] que Marcuse agora brada: “uni-vos!”. A massa dos psicologicamente frustrados – intelectuais e estudantes ensoberbecidos, mulheres insatisfeitas com os maridos, feministas horrorizadas pelo patriarcado, gays enraivecidos com a ditadura heterossexual, drogaditos, degenerados, marginais e delinquentes – é agora o novo agente da revolução. É esse o novo espectro que ronda a sociedade atual. Invocando-o, o alemão espera que os extremos possam novamente tocar-se: “a mais avançada consciência da humanidade” – supõe-se que a sua própria – “e sua força mais explorada”[18]. Olavo de Carvalho observa que “a influência de Marcuse, fundindo-se às propostas de ‘revolução cultural’ inspiradas em Antônio Gramsci, foi tão vasta e profunda que hoje o marcusianismo em ação já nem aparece associado ao nome de seu inventor: tornou-se o modo de ser natural e universal do movimento revolucionário por toda a parte”[19].
É claro que essa nova estratégia de ação revolucionária demanda uma readequação nos objetivos do movimento. Já Georg Lukács ensinava que o inimigo da revolução não era o capitalismo, mas a “civilização judaico-cristã”[20]. A rigor, “esse objetivo – destruir a civilização do Ocidente – foi delineado de maneira simultânea por três fontes independentes: o filósofo marxista  húngaro Georg Lukács, o líder comunista italiano Antonio Gramsci e os cientistas sociais da Escola de Frankfurt”[21]. Entre eles, Marcuse, mais que os demais, parece ter sido decisivo.
Em sua obra Eros e civilização, de 1955, Marcuse pretende, mediante o artifício da reformulação da psicanálise (similar ao marxismo no número de repaginações que já experimentou), dar foros científicos ao novo alvo da revolução. A associação entre Marx e Freud parecia muito natural, porque afinal de contas “a fronteira tradicional entre a Psicologia, de um lado, a Política e a Filosofia Social, do outro, tornou-se obsoleta em virtude da condição do homem na era presente: os processos psíquicos anteriormente autônomos e identificáveis estão sendo absorvidos pela função do indivíduo no Estado – pela sua existência pública”[22]. O diagnóstico psicológico pode, pois, ter um alcance político; “os problemas psicológicos tornam-se problemas políticos: a perturbação particular reflete mais diretamente do que antes a perturbação do todo, e a cura dos distúrbios pessoais depende mais diretamente do que antes da cura de uma desordem geral”[23]. A intimidade já não é mais real, porque a natureza totalitária da sociedade atual absorve e modela os poderes individuais. A mais-valia virou “mais-repressão”[24]. O agenciamento dos instintos tornou-se um problema político:
os processos que criam o ego e o superego também modelam e perpetuam instituições e relações sociais específicas. Os conceitos psicanalíticos como sublimação, identificação e introjeção não possuem apenas um conteúdo psíquico, mas também social: terminam em um sistema de instituições, leis, agências, coisas e costumes que enfrentam o indivíduo como entidades objetivas[25].
Para empreender esta tão necessária cura da desordem e perturbação gerais, é preciso “desenvolver a substância política e sociológica das noções psicológicas”[26], de modo a ser possível o “diagnóstico de uma perturbação geral”[27]. O primeiro passo é rever a equiparação tipicamente freudiana da civilização com a repressão. Com efeito, para Freud, filhote confesso da Ilustração, “o sacrifício metódico da libido, a sua sujeição rigidamente imposta às atividades e expressões socialmente úteis, é cultura”[28]; “a civilização se baseia na permanente subjugação dos instintos humanos”[29]. É tal axioma que se deve rejeitar, tanto mais porque “a própria teoria de Freud fornece-nos razões para rejeitarmos a sua identificação de civilização com repressão”[30].
Para Marcuse, os aspectos negativos de nossa cultura – “os campos de concentração, extermínios em massa, guerras mundiais e bombas atômicas”, os quais “não são ‘recaídas no barbarismo’, mas a implementação irreprimida das conquistas da ciência moderna, da tecnologia e dominação dos nossos tempos” – “podem muito bem indicar o obsoletismo das instituições estabelecidas e a emergência de novas formas de civilização: a repressão é, talvez, mantida com tanto mais vigor quanto mais desnecessária se torna”[31]. Ou seja, a identificação da dominação com o progresso não é a “essência da civilização”, mas antes “uma organização histórica específica da existência humana”[32], que Freud, enganadamente, tomou por estrutural e inevitável.
Sendo assim, podemos augurar “uma civilização não-repressiva”[33]. Eis o sonho de Marcuse: o estabelecimento de “uma nova relação entre os instintos e a razão”[34]; a criação de um novo princípio de realidade, não-repressivo, capaz de não sufocar os “instintos da vida”. Neste estado sublime, “a moralidade é invertida pela harmonização da liberdade instintiva e da ordem: libertos da tirania da razão repressiva, os instintos tendem para relações existenciais livres e duradouras, isto é, geram um novo princípio de realidade”[35]. Uma civilização madura poderia realizar o “estado estético” de Schiller.
Este estado – que está para além do bem e do mal, ao menos tal como concebidos pelo Ocidente até aqui – implicaria, é claro, uma regressão, que “reativaria estágios anteriores da libido, (…) ultrapassados no desenvolvimento do ego da realidade, e dissolveria as instituições da sociedade em que o ego da realidade existe”[36]. Tarefa, portanto, essencialmente negativa, hegelianamente destruidora[37], mas capaz de promover, tranquiliza-nos Marcuse, não uma “recaída no barbarismo” e sim “uma inversão do processo de civilização, uma subversão da cultura – mas depois da cultura ter realizado sua obra e criado uma humanidade e um mundo que podia ser livres. Seria ainda uma ‘regressão’ – mas à luz da consciência madura e guiada por uma nova racionalidade”[38].
Todo bom psicólogo é um prático; sabe dar recomendações. Por isso, não surpreende que Marcuse prescreva à sociedade doente que ele tencionar curar um exercício terapêutico: “a noção de uma ordem instintiva não-repressiva deve ser primeiramente testada nos mais ‘desordenados’ de todos os instintos: os da sexualidade”[39]. Marcuse reitera a conclusão de Freud, segundo a qual tal regressão “anularia a canalização da sexualidade para a reprodução monogâmica e o tabu sobre as perversões”[40].
Mas enquanto Freud recua horrorizado diante de tal “regressão” como sinal de uma queda na barbárie, Marcuse pretende que a liberação dos instintos seja, antes, o princípio de uma nova, e mais madura, civilização. Se é verdade que a “dessexualização do corpo”, a qual perpetua os tabus sexuais e a reprodução monogâmica, não é o resultado de uma necessidade civilizatória intrínseca e incontornável, mas de um modo de produção particular, que transforma o organismo no “sujeito-objeto de desempenhos socialmente úteis”[41]; se é verdade, ao fim e ao cabo, que o princípio de realidade, tal como Freud o concebia, não é fruto da civilização enquanto tal, mas da civilização capitalista, as restrições à libido que tal sistema impõe podem, e devem, ser revertidas.
Por exemplo, “o amor e as relações duradouras e responsáveis que ele exige, baseiam-se numa união de sexualidade com o ‘afeto’, e essa união é o resultado histórico de um longo e cruel processo de domesticação, em que a manifestação legítima do instinto se torna suprema e suas partes componentes são sustadas em seu desenvolvimento”[42]. Esse processo, portanto, pode ser abalado; sexualidade pode deixar de ser “dignificada pelo amor”[43]; o corpo pode ser ressexualizado; os tabus destruídos; as perversões celebradas. Com efeito, a primeira manifestação do sucesso do tratamento de nossa enferma sociedade totalitária seria a “reativação de todas as zonas erotogênicas e, consequentemente, (…) [a] ressurgência da sexualidade polimórfica pré-genital e (…) [o] declínio da supremacia genital”[44]; a “erotização da personalidade total”[45].
Aos que pensam que tais processos conduziriam a uma “sociedade de maníacos sexuais”[46], Marcuse tem palavras de consolo. O que ele pressagia é, antes, uma transformação da libido, que, uma vez autorizada a expressar-se livremente, se manifestaria não como outrora, quando ainda estava cingida aos repressivos limites da sociedade industrial, mas de modo maduro e coesivo. As perversões, transformadas as instituições que as deformam, seriam remodeladas, e assumiriam outras formas, “compatíveis com a normalidade na civilização de elevado grau”[47]. Trata-se de uma aplicação rigorosa da lógica hegeliana do negativo: destruída a “civilização repressiva”, algo de melhor surgirá espontaneamente. Não há que se preocupar com o positivo; ele é consequência natural do negativo. A tarefa revolucionária é puramente destrutiva. Poderíamos novamente citar o acachapante desmentido da história, mas já vimos que Marcuse não recua diante de meros fatos; mau vezo também hegeliano. Se os fatos desmentem a teoria, a culpa é dos fatos, que devem então ser suplementarmente torcidos e qualitativamente transformados.
A moral religiosa tradicional por muito tempo defendeu que o ser humano não é mero meio ou objeto, e sim um fim em si mesmo. Já basta. Agora o corpo pode novamente recuperar sua condição de puro “objeto de catexe”, de “instrumento de prazer”, processo que, com sorte, “levaria a uma desintegração das instituições em que foram organizadas as relações privadas interpessoais, particularmente a família monogâmica e patriarcal”[48]. Em tempos pretéritos, “a força plena da moralidade civilizada foi mobilizada contra o uso do corpo como mero objeto, meio, instrumento de prazer; tal coisificação era tabu e manteve-se como infeliz privilégio de prostitutas, degenerados e pervertidos”[49]; mas agora tal “infeliz privilégio” pode tornar-se o feliz direito de todos. Em uma palavra: “se a culpa acumulada na dominação civilizada do homem pelo homem pode alguma vez ser redimida pela liberdade, então o ‘pecado original’ deve ser cometido de novo: ‘devemos comer de novo da árvore do conhecimento, para retornarmos ao estado de inocência’”[50].
A receita vem sendo aplicada à risca pela elite globalista, e a coletividade-paciente, conquanto ainda reclame do amargor do remédio, é cada vez mais dócil ao tratamento. A ideologia de gênero, a teoria queer, o poliamor, o irrestrito incentivo à contracepção e ao aborto, a crescente campanha em prol da normalização da pedofilia, a permanente defesa da liberação das drogas, o apoio à eutanásia, etc., tudo o que constitui a pauta mesma da esquerda internacional em nossos dias, é consequência do brado marcusiano contra a “mais-repressão”; da tentativa de construir de uma “sociedade não-repressiva”; do esforço de libertar a libido dos limites institucionais estreitos dentro dos quais o princípio de realidade capitalista a mantém cativa; de sonho, sobretudo, de ser livre de quaisquer culpas; em suma, do desejo ancestral de morder ainda outra vez a maçã do Éden. O marcusianismo é o coroamento do “liberalismo fundamental”. E o mundo hoje é, em grande medida, marcusiano.
“Em grande medida”, dizíamos, mas, é claro, não completamente. O marxismo clássico, em sua vertente propriamente comunista, continua em ação. E o liberalismo econômico, que também comporta grande número de variações, não cessa de ganhar espaço. Essas três vertentes do “liberalismo fundamental”, que de per se já não são homogêneas, ademais tanto combatem-se quanto fundem-se, aqui e ali, de formas complexas. E, hoje em dia, cresce assustadoramente o assalto islâmico ao Ocidente[51]. O conflito entre todos estes projetos de sociedade é real, não simulado, conquanto também o sejam suas alianças ocasionais. Seu fim é o mesmo: a destruição das bases civilizatórias – católicas, em última instância – do Ocidente. O leão realmente não se deitou com o cordeiro; deitou-se com um lobo em pele de cordeiro.


[1] A expressão é de Sidney Silveira. Cf. seu artigo Alan Greespan, um não-liberal?, 2009.
[2] Liberalismo e Comunismo – rebentos da mesma raiz, 2008.
[3] O mercado livre numa sociedade cristã, 1999, p. 127.
[4] Três alqueires e uma vaca, 1961, p. 275 – 276.
[5] Manifesto do partido comunista, 2002, p. 47.
[6] Quadragesimo anno, 1931.
[7] E publicado, entre nós, com o título A ideologia da sociedade industrial: o homem unidimensional, 1973.
[8]Herbert Marcuse, A ideologia da sociedade industrial, 1973, p. 14.
[9] Herbert Marcuse, A ideologia da sociedade industrial, 1973, p. 16.
[10] Herbert Marcuse, A ideologia da sociedade industrial, 1973, p. 16.
[11] Herbert Marcuse, A ideologia da sociedade industrial, 1973, p. 17.
[12] Herbert Marcuse, A ideologia da sociedade industrial, 1973, p. 24.
[13] Herbert Marcuse, A ideologia da sociedade industrial, 1973, p. 232.
[14] Herbert Marcuse, A ideologia da sociedade industrial, 1973, p. 234.
[15] Herbert Marcuse, A ideologia da sociedade industrial, 1973, p. 231.
[16] Herbert Marcuse, A ideologia da sociedade industrial, 1973, p. 235.
[17] Herbert Marcuse, A ideologia da sociedade industrial, 1973, p. 235.
[18] Herbert Marcuse, A ideologia da sociedade industrial, 1973, p. 235.
[19] Primores de ternura – 2, 2009.
[20] Olavo de Carvalho, Uma corda para Lênin, 2007.
[21]  Olavo de Carvalho, Afinal, lutamos contra quem?, 2008.
[22] Herbert Marcuse, Eros e civilização, 1975, p. 24.
[23] Herbert Marcuse, Eros e civilização, 1975, p. 24.
[24] Herbert Marcuse, Eros e civilização, 1975, p. 174.
[25] Herbert Marcuse, Eros e civilização, 1975, p. 173.
[26] Herbert Marcuse, Eros e civilização, 1975, p. 24.
[27] Herbert Marcuse, Eros e civilização, 1975, p. 29.
[28] Herbert Marcuse, Eros e civilização, 1975, p. 26.
[29] Herbert Marcuse, Eros e civilização, 1975, p. 26.
[30] Herbert Marcuse, Eros e civilização, 1975, p. 27.
[31] Herbert Marcuse, Eros e civilização, 1975, p. 27.
[32] Herbert Marcuse, Eros e civilização, 1975, p. 27.
[33] Herbert Marcuse, Eros e civilização, 1975, p. 27.
[34] Herbert Marcuse, Eros e civilização, 1975, p. 173.
[35] Herbert Marcuse, Eros e civilização, 1975, p. 173.
[36] Herbert Marcuse, Eros e civilização, 1975, p. 174.
[37] Cf. o artigo de Olavo de Carvalho, Uma lição de Hegel, 2008.
[38] Herbert Marcuse, Eros e civilização, 1975, p. 174.
[39] Herbert Marcuse, Eros e civilização, 1975, p. 174.
[40] Herbert Marcuse, Eros e civilização, 1975, p. 174.
[41] Herbert Marcuse, Eros e civilização, 1975, p. 175.
[42] Herbert Marcuse, Eros e civilização, 1975, p. 175.
[43] Herbert Marcuse, Eros e civilização, 1975, p. 176.
[44] Herbert Marcuse, Eros e civilização, 1975, p. 176.
[45] Herbert Marcuse, Eros e civilização, 1975, p. 176.
[46] Herbert Marcuse, Eros e civilização, 1975, p. 176.
[47] Herbert Marcuse, Eros e civilização, 1975, p. 177.
[48] Herbert Marcuse, Eros e civilização, 1975, p. 176.
[49] Herbert Marcuse, Eros e civilização, 1975, p. 175.
[50] Herbert Marcuse, Eros e civilização, 1975, p. 174.
[51] Mas o Islamismo é um fator estranho ao liberalismo ocidental. Padre Álvaro Calderón o explica: “o liberalismo modernista é a heresia por excelência do catolicismo, que não pode ocorrer no mundo que permaneceu alheio ao Evangelho, seja entre judeus, muçulmanos, ou pagãos do Oriente” (A candeia debaixo do alqueire, 2009, p. 81).

Surpresa: o mestre de Putin é Soljenítsin



La verità, 29 de setembro de 2016,
by Libertà e persona, Itália
Tradução: Gederson Falcometa
A sua face não será tranquilizante, e alguém recordará talvez o rosto impassível e glacial do pugilista russo Ivan Drago que desafia Silverter Stallone em Rocky IV.
Embora Vladimir Putin seja há algum tempo o estadista mais longevo e incisivo no mundo. Pegou entre as mãos uma ex-potência à deriva e a recolocou no centro do cenário internacional. Ao ponto de hoje voltarmos a uma espécie de guerra fria entre EUA e Rússia, apesar de a Rússia hodierna ser verdadeiramente menor do que a URSS de 30 anos atrás.
Ainda em 1998, poucos anos depois da presidência Yeltsin, o país vivia uma crise humana e financeira devastadora e estava à beira do default.
Mas de onde vem Vladimir Putin? O seu passado na KGB é recordado muitas vezes e voluntariamente, mas ninguém, ou quase, parece ao contrário interessado em contar outro fato: que o mestre de Putin foi ninguém mais ninguém menos que o Prêmio Nobel da paz Aleksandr Solženicyn. Sim, o autor de Arquipélago Gulag, aquele que por décadas desafiou o regime comunista, depois de ter experimentado a dureza dos campos de concentração, foi o homem que talvez tenha mais influenciado a visão de mundo do atual presidente russo.
É Ljudmila Saraskina, em uma monumental biografia de 1.432 páginas com o título de Solženicyn, quem conta os “frequentes, estreitos mas nem sempre públicos” encontros entre Solženicyn – o grande velho, o herói do povo russo inimigo do comunismo, mas desiludido com os novos políticos “democráticos” – e o jovem homem que parecia destinado, como tantos outros, a ser um meteoro, com muitos inimigos, em um país em decomposição.
O primeiro encontro acontece em 20 de setembro de 2000 em Troitse-Lykovo: são os cônjuges Putin os que vão em visita à casa do escritor. No dia seguinte Solženicyn, no programa Vesti, declara ter conhecido um homem de inteligência vivaz e pronta, “preocupado com o destino da Rússia e não com o poder pessoal”. O ex-agente da KGB em visita a uma ex-vítima da KGB! A notícia ocupa por muito tempo os jornais russos, que deveram voltar frequentemente ao tema, visto que os dois continuaram a ver-se por anos, algumas vezes publicamente, algumas vezes de modo reservado, para evitar as polêmicas dos adversários.
O que ensina Solženicyn ao seu jovem admirador? Essencialmente três coisas: que é preciso frear a catástrofe demográfica, que faz a Rússia perder cerca de 1 milhão de pessoas por ano e que é filha do niilismo comunista, mas também do ocidental; que precisa rever as privatizações selvagens realizadas na época de Yeltsin, e geridas para vantagem de poucos e em detrimento do povo; que era necessário impedir que a passagem do comunismo à democracia liberal assinalasse a morte definitiva da alma religiosa russa, transportando o país do materialismo comunista ao consumismo materialista ocidental.
Dissidente anticomunista, Solženicyn aprendeu que coisa significa a verdadeira e própria ditadura, com suas lisonjas (a neolíngua mentirosa, que transforma a essência das coisas), e com sua incrível dureza (os gulags, a pena de morte…).
Nos seus anos nos EUA, ao contrário, convenceu-se da existência de outra forma de ditadura, mais suave mas igualmente mortal, aquela do pensamento único imposto pela “tribo instruída”, dos maître à penser das televisões e dos jornais “livres”. São eles, em um país que aparece ao escritor russo “desagregado” moralmente, espiritualmente “insano”, os que decidem que coisa a gente deve ler e pensar, gerando um conformismo asfixiante e muito similar ao imposto na União Soviética pelo comunismo.
Putin escutou o que Solženicyn lhe disse, sobre o país e sobre os EUA, e fará aquilo que lhe foi sugerido: limitando o recurso ao aborto e defendendo a família; marginalizando os oligarcas e restituindo ao Estado e aos russos os seus bens nacionais; religando o seu país às tradições religiosas combatidas pelo comunismo e também, de outro modo, pelo Ocidente.
Quanto à política externa, para entender a posição do Putin de hoje, talvez seja preciso, ainda uma vez, recordar o que pensava o seu venerado mestre, quando, na primavera de 1999, comentando os bombardeamentos debaixo do tapete da administração Clinton sobre a Sérvia, declarava: “Não é necessário iludir-se de que a América e a Nato tenham como escopo a defesa dos kosovares… A coisa mais espantosa é que a Nato nos introduziu em uma nova época… quem é mais forte esmaga”.
Em 2008, ano da sua morte, Solženicyn declarou: “Implantar a democracia em todo o planeta. Implantar! E de fato começaram a implantar. Primeiro na Bósnia. Com um banho de sangue… Um grande sucesso, no Iraque! Um grande sucesso da democracia. Agora a quem tocará? Quem será o próximo? Talvez o Irã?… Não vale um denário a democracia alcançada com as baionetas; há dez anos estão desenvolvendo o seu plano despudorado, cuja substância consiste em impor em todo mundo a assim chamada democracia ao modo americano”.
Eis de onde provém, ao menos em parte, a aversão de Putin à guerra na Líbia (país que, se se ouve a qualquer um, estava sendo “libertado” do tirano), a sua política na Síria, a sua simpatia por Trump (orgulhoso desmobilizador da Nato), e a aversão por Hillary Clinton, a mulher que votou sim a todas as guerras para “implantar” a democracia.
Quem jamais teria dito que o homem que desafiou a URSS, que acordou o Ocidente para a existência dos gulags, colocando em crise o comunismo internacional, se tornaria depois o conselheiro, político e espiritual, do homem que hoje contende com os EUA pelo primado na política externa mundial, e que ao mesmo tempo se contrapõe também no terreno ideal da religião, da família, dos assim chamados direitos civis, das políticas abortistas e pró-LGBTs de Obama e da Clinton?
Um intelectual no poder, então, ainda depois de sua morte? Assim escreveram muitas vezes os jornais russos, naqueles anos, comparando a relação entre Solženicyn e Putin àquela entre Nicolau I e Aleksandr Puškin. Certamente Solženicyn teria dito não: homem cultíssimo, considerava-se, porém, um filho do povo russo. Considerava os intelectuais um desastre: propugnadores do comunismo, no Oriente, corruptores da liberdade e da verdade, no Ocidente.